Natascha Kampusch presentó ayer su Libro, un relata estremecedor de sus afios de secuestro.
Natascha Kampusch tiene ahora 23 años, pero sigue pareciendo una niña. No lleva maquillaje, ni pulseras, ni anillos, su aspecto desgarbado, su mirada temerosa, distante y fría, vislumbran el drama de una alma que sigue herida por la violencia y la locura. L1eva apenas cuatro años y medio desde que se escapó de su secuestrador, un psicópata que la arrebato camino al colegio cuando tenía diez años. Aunque aquellos ocho años de cautiverio en un zulo en los suburbios de Viena ya forman parte de su pasado. Natascha no quiere olvidar. Al menos esa es la impresión que deja su relato tímido y apenas audible, que pudimos escuchar ayer en Madrid, con motivo de la presen taci6n de su libro «3.096 días» (Editorial Aguilar), que salió a la venta ayer en España que ya es un éxito editorial en Austria. Reino Unido. Francia y Brasil.
Para esta joven austriaca, escribir el diario de su propio cautiverio ha sido una especie de terapia. «Es como una inmensa piedra que se tira al agua. Una manera de liberarse de todo». Sin embargo, el relato de cada uno de aquellos días es estremecedor. «Solo mientras andaba (por el zulo) conseguía atenuar el pánico. En cuanto me detenía, en cuanto cesaba el sonido de mis pisadas en el suelo, el temor volvía a apoderarse de mí. Estaba mareada y tenía miedo de volverme loca. ¿Qué me iba a pasar? (...) La idea de que sería imposible salir de allí me atormentaba cada vez más (...) El llanto sustituy6 1a desesperaci6n. Me acorde de cuando de pequeña lloraba por cosas sin importancia y enseguida se me olvidaba el motivo de mi llanto».
«No le odio»
De aquel drama no le queda odio, «sería una forma de seguir vinculada a mi secuestrador», pero si una desconfianza, un temor: «EI ser humano es capaz de todo», aseguraba ayer. Su vida, ocho años después de aquella terrible experiencia, no es fácil «Me encantaría estudiar. hay muchos temas que me interesan. pero he desarrollado una fobia social. Tengo prevención a la hora de tener contacto con los demás. Eso me dificulta todo». Lo que a primera vista podría parecer una contradicción por la gran exposición mediática a la que se ha sometido tras lograr escapar de su verdugo, no 10 es tanto cuando se descubre a esta joven tímida y siempre a la defensiva, como si la amenaza no dejara estar ahí, en formas y realidades nuevas.
Del otro lado del drama, sus padres. Su madre mantuvo el mismo número de teléfono y siempre llevo un coche rojo para estar segura de que su hija la reconocería. Para esos padres que tienen hoy a sus hijos desaparecidos, Natascha no guarda «desgraciadamente » grandes mensajes de esperanza. «Si los tuviera estaría contribuyendo a que conservaran la ilusión. A ellos les han robado la seguridad de que a sus hijos no les va a pasar nada y esa es una inseguridad muy grande».
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